Bienes y servicios

Por: P. Pedro Miguel Funes Díaz

La característica principal de una empresa debe ser el servicio al bien común, para lo cual produce bienes y ofrece servicios, con lo cual contribuye a generar riqueza para toda la sociedad. El buen funcionamiento de las empresas no es de interés solamente para los propietarios, sino para muchos otros que necesitan aquellos bienes y servicios. De ahí que desde el punto de vista económico las empresas sean necesarias para el progreso de los pueblos. Ciertamente esto no deslegitima el lucro que pueda darse al producir bienes y servicios, pero le da un sentido y un límite en la justicia y la equidad.

Una empresa tiene que establecer sus objetivos en términos económicos; pero, al mismo tiempo tiene que poner atención al desarrollo de las personas y de la misma sociedad. La empresa no se define simplemente por los capitales que se ponen en ella, sino por las personas que se asocian para formarla de varias maneras, aportando, además del capital, el trabajo que ser requiere, como lo hacía ver Juan Pablo II en la “Centesimus annus”.

La crisis económica que vivimos existía desde antes de la pandemia, pero con ella se ha recrudecido a niveles insospechados. Si consideramos que la empresa la forman no solamente los propietarios del capital sino también los trabajadores está claro que ayudar a las empresas para que salgan adelante es ayudar a los trabajadores de las mismas a conservar su empleo y evitar su deterioro y el de sus familias.

Ciertas generalizaciones son perjudiciales para la sociedad. Si uno por ser empresario queda catalogado en una categoría “mala”, debido a que ha habido, y sigue habiendo, empresarios abusivos, entonces lo mismo tendría que aplicarse en todos los campos. Siempre habrá quien haga mal y quien actúe de modo egoísta y antisocial; pero si un maestro hace mal, no es justo decir que todos los maestros hacen mal, y lo mismo si se trata de médicos, abogados, albañiles o cualquier otra categoría de personas.

La justa función del beneficio es un indicador de que una empresa funciona bien. Ese beneficio, sin embargo, no es todo lo que hay que revisar, pues debe armonizarse con la tutela de la dignidad de todos aquellos que en ella trabajan. Ambas exigencias no son opuestas. La empresa debe ser una comunidad solidaria y en este sentido el Estado debe favorecer también su adecuado crecimiento. Dice la Igleia que “hay que considerar la iniciativa económica como expresión de la inteligencia humana y de la exigencia de responder a las necesidades del hombre con creatividad y en colaboración”.

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