Necesitamos educación

La situación actual del mundo en general, se halla sumamente deteriorada. Lo primero que ahora nos viene a la mente es, ciertamente, la pandemia, que ha golpeado fuertemente a la humanidad en los últimos meses. Lógicamente todo se complica porque el problema de salud afecta la economía, la educación, y otros muchos ámbitos de la vida. Sin embargo los problemas en realidad tienen raíces más profundas.

El panoráma político, por ejemplo, sigue marcado por las agresiones, que no necesariamente son militares o armadas, que parecerían poner de manifiesto que el objetivo último de los que detentan el poder o aspiran a obtenerlo es la conservación, obtención o aumento del mismo a toda costa. Claro, por una parte las diferentes propuestas de alguna forma deben confrontarse y, por otra parte, es legítimo que haya quienes aspiren a puestos de gobierno. Pero ambas cosas deben estar subordinadas a principios éticos que no pueden soslayarse.

En estos momentos la lucha por el poder en varios lugares del mundo hace olvidar, diría algún observador, que se tienen que poner todos los esfuerzos para evitar el contagio de tantas personas y la muerte de un gran número de ellas. En cambio como que más bien se busca dejar la propia imagen como paradigma de bondad, mientras que la de los opuestos a ella como la imagen de la maldad encarnada. Lo mismo pasa con otros temas, como la corrupción política, donde parece buscarse más enlodar la imagen de los demás y no tanto buscar verdaderamente la justicia.

En cada campo existen problemas y se requieren grandes esfuerzos para solucionarlos. Se requiere creatividad y energía para afrontar cada punto, pero creo que se le tiene que dar una atención especial a un campo específico: el de la educación. Pero hay que aclarar que no quiero referirme aquí al de los sistemas educativos formales, que son básicamente las escuelas, aunque en ese punto hay mucho por hacer. La educación es mucho más amplia que la escuela y comienza en el ámbito familiar. Se trata de la formación del corazón y la conciencia.

La auténtica participación democrática supone que las personas que conforman la sociedad posean un mínimo de criterio para poder involucrarse de algún modo en las decisiones. No se trata de que todos sean sabios, sino de que los ciudadanos compartan cietos valores fundamentales que deben servir de referencia a todos para la sana conviencia y que posean una cultura suficiente como para no dejarse llevar por las apariencias o por las modas del momento.

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