Pobreza en aumento

Pobreza en aumento

Por: P Pedro Miguel Funes Díaz

Este año el mundo entero ha sufrido un duro golpe no sólo en lo que respecta a la salud sino también en lo económico. En México ha aumentado de modo alarmante el número de las personas que se hallan en condiciones de pobreza y de pobreza extrema que no pueden satisfacer adecuadamente sus necesidades. Ciertamente No hay país del mundo que se escape de la situación crítica de la economía mundial, pero las perspectivas no son iguales para todos por muchos factores que entran en juego.

Naturalmente los analistas expertos en estas cuestiones han tratado de hacer oír su voz no nada más para analizar, sino para proponer posibles caminos que puedan llevar al país por un sendero que lo haga salir de las dificultades actuales y mejorar la vida de los mexicanos. Sin embargo, se encuentran con el problema de que sus consideraciones se pierden en mayor o menor medida en un debate en el que el tema económico se encuentra condicionado por posiciones deudoras de ideologías que impiden la justa evaluación de los hechos y de las vías de solución de los problemas.

Uno de los obstáculos que impiden esa justa evaluación se halla en la aplicación de categorías con las que se alienta la polarización de los mexicanos proponiendo a unos como los buenos y a otros como los malos. Se usa por ejemplo el término “pobre” de forma abusiva, en la que algunos, pretendiendo representar a los pobres, desean imponer sus criterios, que no son de los pobres reales, que no son los de quienes han perdido su trabajo y no saben qué hacer para sostener su familia. Esos criterios provienen más bien de una ideologización recibida en ciertos grupos y ámbitos.

Naturalmente es imprescindible preocuparse de los pobres. Ello es un deber ético que atañe a todos. Pero atacar a quien no coincide en un tema económico determinado como quien está en contra de los pobres es simplemente una falacia y una manipulación. El Papa León XIII ya advertía de los peligros de quienes proponían fantasías con las que dañaba a esos mismos a quienes se pretendían socorrer.

Trabajar en favor de los pobres no significa imponer esquemas económicos tendientes, por ejemplo, a la destrucción de las empresas que no sean del Estado, como tampoco significa permitir los abusos contra los trabajadores que puedan provenir de personas sin escrúpulos. La continua reiteración de la explicación maniquea de nuestros problemas no la hace verdadera, pero sí se vuelve un impedimento para el progreso y para el mejoramiento, particularmente de los pobres.

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